El pensamiento de Arbel en su expresión más pura, siempre solía ofender a alguien. Ya a los viejos criados con yuyos del campo que desprecian a la Ciudad por lo que representa. Ya a los citadinos autosuficientes y amargados que desprecian a la Ciudad por lo que representa. E incluso a los jovencitos que no saben por qué desprecian a la Ciudad. Tal vez lo hacen porque es "fashion" odiarla, aún cuando no han conocido otra cosa en su vida. Arbel, por su parte, adoraba las calles adoquinadas y estrechas de algún barrio viejo, el olor gasolero de las grandes avenidas, las estatuas y las palomas, la música y el silencio, los cafés y los antros, el puerto y los aeropuertos, los negocios y las canchas, los doctores y los cirujas, alguna hoja que cae de un árbol en Plaza Irlanda cuando llega el otoño y las tipas en flor a la vuelta de la primavera, los veranos asfixiantes y un golpe de nieve también, tal vez cada noventa o cien años. Pero por sobre todo, amaba ser él mismo en medio de ese torbellino cruel de discusiones y amor que es la Ciudad. Sí, el pensamiento de Arbel en su expresión más pura, siempre solía ofender a alguien.
Estaba inmerso en estas cuestiones, firmemente asentado sobre un banquito desvencijado, considerando dudas existanciales tales como: ¿Por qué las veletas siempre tienen gallos de bronce arriba? ¿Acaso los gallos saben de que dirección va a venir el viento? Cuando de repente, no aparecí yo, si no que lo golpeó algo que casi lo hace caer de su asiento. Ante tan descortés interrupción Arbel se levantó azorado, listo para descargar su ira contra el responsable del desmán. Sorprendentemente, no había un alma a la vista. Miro a su izquierda, y después a su derecha. Por el rabillo del ojo le pareció ver que un jacarandá se burlaba de él. A la distancia los autos discurrían por Avenida Gaona como siempre y una procesión de figuras grises iban y venían por la vereda. Extrañamente para esa hora, el silencio en la Plaza era ensordecedor. Pasado el susto inicial, se encontró el pobre muchacho preso de una gran curiosidad. Recién al volverse, vió el objeto que le había golpeado descansando en el borde del banco. Le pareció que el objeto lo observaba, que tal vez hasta lo miraba con cariño. Lo cual era totalmente ridículo tratándose del artefacto en cuestión, porque ahí, raída y casi totalmente desinflada estaba una pelota de fútbol. Pero no cualquier pelota. La pelota naranja.
